CLACSO-CROP-CIDSE
LA PRODUCCIÓN DE POBREZA Y DESIGUALDAD SOCIAL EN AMÉRICA LATINA Y LA PROBLEMÁTICA ÉTNICO-RACIAL
Para el conjunto de las sociedades latinoamericanas la dimensión étnico-racial constituye un componente central en la conformación de sus estructuras sociales de larga duración, desde el siglo XVI a lo largo del período colonial, luego el republicano o imperial (como el caso brasilero) hasta nuestros días. Ya sean como minorías o mayorías, dependiendo del peso demográfico que tengan los grupos poblacionales étnico-raciales en las sociedades nacionales, es indiscutible que constituyen un factor sociológico que si bien no se diluye en las clases sociales, a pesar de los procesos de mestizaje que operaron a lo largo de América Latina, desde fines del siglo XIX hasta la década del sesenta en el siglo XX, durante la conformación de las sociedades nacionales, está estructuralmente articulado a ellas. En tal sentido, en las diferentes sociedades latinoamericanas (incluyendo las caribeñas), la conformación de las clases sociales en los diferentes períodos históricos desde los inicios coloniales, se ha cruzado con el componente étnico-racial, aún en las sociedades más “europeas” que van a constituir los países del Cono Sur.
Los grupos poblacionales étnico-raciales a los que se refiere este documento son las poblaciones indígenas de origen amerindio y sus descendientes, vía los procesos de mestizaje, al igual que las poblaciones negras resultado de la trata esclavista de hombres y mujeres traídos del África entre los siglos XVI y XIX, también insertadas en las sociedades nacionales mediante diferentes procesos de mestizaje. Esto significa que una parte significativa de las clases populares o subalternas en América Latina es indígena o gente negra.
En el caso de las poblaciones indígenas debido a la llegada de los españoles y portugueses, pero también ingleses, holandeses y franceses, su fuerte desplome demográfico estuvo relacionado con las formas de uso como fuerza de trabajo en diferentes modalidades de servidumbre y esclavitud (Ver Triana, 1993; Pineda, 1993, para el caso colombiano); luego su ubicación marginal en las sociedades nacionales ha tenido que ver con el relativo aislamiento en territorios que les ha permitido a la vez sobrevivir, aunque el proceso de migración rural-urbano ya tiene una larga tradición a lo largo del siglo XX. En su gran mayoría los indígenas en América Latina han constituido una parte importante de las sociedades campesinas y en varios de los países han sido el contingente más importante de dichas sociedades (Guatemala, Bolivia, México, Ecuador, Perú).
Los regímenes esclavistas en lo que hoy es América Latina fueron el complemento de la trata negra a través de importantes flujos de población traídos a la fuerza en su mayor parte desde la región de la costa Occidental africana a partir del siglo XVI. La importancia demográfica de la población negra en América va a estar así relacionada con el peso del uso de la fuerza de trabajo esclava en una serie de cultivos (caña de azúcar, café, algodón, entre los principales) y extracción de minerales (oro y plata) bajo las formas históricas de la esclavitud hasta el siglo XIX, cuando se llega en diferentes etapas históricas en los países de la región a la abolición de la institución esclavista. Prácticamente en toda la región había durante la última etapa de la Colonia presencia de población negra, pero su peso demográfico posterior dependió de la importancia de la institución esclavista a lo largo de los siglos XVIII y XIX, atada a las actividades económicas anteriores. Países como Cuba y Brasil (de Bivar Marquese, 2004, su estudio sobre los modelos esclavistas en Brasil, Cuba y Estados Unidos) y en general toda la región Caribeña, seguidos por Colombia y Venezuela, van a contar hasta el presente con importantes contingentes de población negra.
Por lo anterior, el componente étnico-racial atraviesa la conformación de las sociedades nacionales en América Latina. La representación del indígena y del negro desde el período colonial hasta llegar a la República y desde el siglo XIX hasta finales del XX tuvo que ver con la explotación de la mano de obra indígena y la institución del esclavismo, además de las formas históricas del mestizaje racial y cultural, en compleja relación con las estructuras sociales y los procesos políticos; a la vez ellas van a constituir un acervo histórico en la construcción de los Estados nacionales para cada sociedad.
Por ello, los indígenas y negros y los grupos poblacionales que en cada momento histórico eran asimilados o cercanos a ellos bajo diferentes formas de mestizaje, siempre han conformado un sector significativo de las clases subalternas en los países de la región. Al mismo tiempo, como sectores de dichas clases insertos en una jerarquía social cuya base de la pirámide ha tendido a estar conformada por indígenas y negros. O sea, simbólicamente han sido los de menor estatus y los que más han incorporado los estereotipos sociales negativos en el orden social. En esa dirección, el factor racial ha jugado un papel central en el ejercicio de la dominación de clases, tanto para negros como para indígenas, aunque para los últimos el factor cultural parece ser determinante en la producción histórica de la alteridad respecto a la sociedad nacional. Hay además, una interacción entre concentración étnico-racial en determinados territorios, regiones y localidades de los países y patrones de exclusión social.
Tampoco puede desconocerse que un análisis de las formas de discriminación étnica-racial en la región mostraría además diferencias importantes con las modalidades del patrón anglosajón de dominación y las de otras sociedades. Posiblemente esto tenga que ver con las particularidades de construcción de las alteridades étnicas y raciales en América Latina, donde la discriminación presenta formas ambivalentes en su producción, sin que puedan trazarse fronteras segregativas tan marcadas como las de la sociedad norteamericana o sudafricana.
Latinoamérica es una región donde los procesos históricos han consolidado sociedades sumamente heterogéneas en términos étnico-raciales. Estos procesos, han generado un continente plural en el sentido estricto de la palabra. Aproximadamente 150.000.000 de descendientes de esclavos africanos habitan la región, junto a 35.000.000 de indígenas. Esto significa, que en términos relativos el 30% de la población latinoamericana es afrodescendiente, mientras que el 8% de la misma lo es de la población indígena (Rangel, 2004). Así, los procesos de desigualdad que específicamente hacen vulnerables a 185.000.000 de personas confieren a la problemática étnico-racial, una relevancia indiscutible.
La población negra, según Rangel (2004), está concentrada principalmente en Brasil, Colombia y Venezuela. Estos países albergan el 80% de la población negra de la región, siendo Brasil el que más pesa relativamente. Según Petrucelli (2003) el 45,3% de la población brasilera corresponde a pretos y pardos, 5,4% pretos y 39,9% pardos. En el caso colombiano representa entre el 20 y 22% del total la población negra-mulata (Barbary, Urrea; 2004).
De la población indígena latinoamericana, cerca de dos tercios se ubican en Perú y México, que tienen respectivamente el 27% y 26% de la población indígena del total. Otros países con importante población indígena son Guatemala, Bolivia y Ecuador cuyas poblaciones indígenas representan el 15%, el 12% y el 8% respectivamente de la población total amerindia del continente. No obstante, los pesos demográficos de las poblaciones indígenas en el interior de estos últimos los convierten en los países con mayorías indígenas respecto al conjunto de la población de cada país, pues tienen 66%, 71% y 43% de sus respectivas poblaciones representados en grupos de población indígena.
Por otro lado, hacia la década del setenta se inicia en América Latina un fenómeno de reivindicaciones étnicas y raciales que van a desembocar en cambios constitucionales en algunos países de la región, los cuales marcan el advenimiento de las lógicas multiculturales en Latinoamérica y el desarrollo de movimientos sociales indígenas y negros con protagonismo político diverso en cada país. Al lado de estos procesos, los organismos internacionales tales como el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y las Naciones Unidas durante la década del noventa incluyen en sus análisis y políticas de desarrollo un modelo multicultural con énfasis en los grupos étnico-raciales.
La problemática étnica y racial en el debate contemporáneo de las ciencias sociales
Es preciso diferenciar las dos dimensiones, sin anular la una en la otra, pero analizando sus interrelaciones en las diferentes sociedades de América Latina, y reconsiderar los conceptos de etnia y raza a la luz del debate contemporáneo de las ciencias sociales. A partir del reconocimiento, por parte de las ciencias naturales, de la inexistencia científica del concepto de raza, se tiende a usar el término etnia en virtud de que las diferencias entre los grupos humanos, si no pueden ser explicadas por la genética, deben tener su soporte en el plano cultural. Sin embargo, la inexistencia de un soporte biológico científico de las razas nada tiene que ver con su existencia e importancia en el mundo social como construcción histórica ideológica. Esta construcción, determina en gran medida las relaciones de las personas orientando las acciones de los seres humanos. Por ello, la conceptualización de etnia no resuelve el problema de la raza, sólo está señalando que las diferencias tienen que ver también con el orden simbólico de la cultura.
De esta forma, aunque biológicamente inexistentes, las razas, en tanto que construcciones sociales, juegan un rol social importante, y ahí puede residir la clave para abordar el problema. Al respecto dice Wade (1997):
“La noción de que las razas son construcciones sociales no significa que no sean importantes -meras ideas, como fueron-. Claramente, las personas pueden comportarse como si las razas existieran y, como resultado, las razas existen como categoría social de gran tenacidad y poder. Si las personas discriminan basándose en sus ideas de raza, esto es una realidad social de suprema importancia.”
Las categorías de las ciencias sociales, más que las de cualquier otra ciencia, están sujetas a cambios en la forma como se perciben. Fruto de este dinamismo, es la palabra etnia, que según Wade (1997) si bien tiene a lo largo de su desarrollo menos carga moral que raza, es también usada más vagamente y a veces con tintes esencialistas. Durante el siglo XIX la idea “científica” de unas subdivisiones de las especie humana era virtualmente incuestionable. Con estas subdivisiones se identificaba a los habitantes de la periferia, de acuerdo con el color de la piel, la forma de la nariz y el cráneo, e incluso atribuyendo a razas específicas virtudes morales particulares según las cuales habría razas con más o menos potencialidad para desarrollar la civilización, teniendo como paradigma el modelo capitalista occidental (Wade, 1997).
El uso del concepto etnia o etnicidad, como señala Marta Rangel (2004), se ha generalizado al amparo del desprestigio sufrido por raza, al que ha sustituido sin ser sinónimo. Sin embargo, esta aparente eliminación no ha resuelto el problema. Por ello, en la actualidad es inevitable usar el término raza para referirse a los afrodescendientes y la palabra etnia para llamar a los grupos de población indígena.
La producción de las desigualdades sociales y lo étnico-racial
Cuando se da una mirada a las desigualdades en América Latina, se encuentra una relación inequívoca entre dichas desigualdades y las características fenotípicas de las personas o sus atributos socioculturales. Esta interrelación tiene que ver con las modalidades de producción histórica de las desigualdades sociales en interacción con la jerarquía étnico-racial. A lo largo y ancho del continente los investigadores sociales encuentran países con alta concentración de gente negra e indígena en los escalones más bajos de la sociedad, tanto en las áreas rurales como en las urbanas, incluyendo las grandes ciudades de los países de la región. De esta forma, la proporción más grande de los pobres en casi todos los países corresponde a grupos de población negra e indígena, o en otros casos a grupos mestizos procedentes de zonas rurales con una fuerte presencia histórica de población especialmente indígena y en menor grado negra, que ha perdido toda visibilidad debido a fenómenos de construcción de la identidad nacional al lado de mecanismos de “asimilación”, como ha sido el fenómeno de los países del Cono Sur. En general, las variables que se construyen como indicadores de condiciones de vida desmejoran a medida que la piel se oscurece o se presentan formas de organización cultural diferentes.
Un ejemplo de esto es Brasil, el paradigma por excelencia en cuestiones sociales, donde la población afrobrasilera se halla en clara desventaja frente a la que desciende de europeos. Sansone (2003) muestra cómo el analfabetismo absoluto en 1999 era un problema más serio entre la población de color que alcanzaba el 21% entre los negros (pretos) y 19,6% en la población mulata (parda) frente al 8,3% en los blancos. En términos de ingreso, los porcentajes de familias con ingresos menores a medio salario mínimo eran de 30,4% entre los negros, 26,2% entre los mulatos y 12,7% entre los blancos. El mismo Sansone (2003), aclara que “de acuerdo con la Pesquisa Nacional por Amortagem Domiciliar de 1995, en la región de Salvador, 25% de los negros percibían menos que el salario mínimo, en contraste con apenas el 13% de los blancos. En otras palabras, el color y la renta están estrechamente relacionados”. De igual manera, los embarazos precoces tienen mayor incidencia en las mujeres negras (13,7%) y mulatas (15,2%) que en las blancas (10,8%), como muestra Reis (2003).
Hasenbalg (2003), propone la desigualdad en la distribución de los recursos familiares, como una de las causas por las cuales, los fenómenos de desigualdad se perpetúan generación tras generación. De esta manera se evidencian, otra vez, las desventajas enfrentadas por los grupos poblacionales que no son blancos. Así, los recursos propuestos como determinantes (capital social, capital cultural y capital económico) se hallan también distribuidos de manera que su presencia en familias negras es deficiente.
El estudio de Hasenbalg (op. cit.), aclara cómo el capital social puede ser determinante para varios aspectos de bienestar de los hijos pequeños. La principal conclusión es la relación inversa entre el número de hermanos y el desempeño escolar, de manera que siendo los hogares negros los que tienen mayor número de niños, son también los que tienen los niños con menor éxito escolar. Para aproximarse al concepto de capital cultural, Hasenbalg usa el clima escolar (los años de estudio de los miembros adultos de la familia). La tendencia a encontrar los hogares negros en peor situación, se mantiene también para este tipo de capital, hallándose los hogares comandados por cabezas de familia de color negro con climas educativos menos favorables. Respecto al capital económico, que en cierta medida puede entenderse como un producto de los anteriores, no es extraño entonces encontrar en desventaja a las familias con jefe de color negro o mulato, frente a las familias con jefe de hogar blanco, puesto que el nivel de instrucción de las familias blancas supera en más de dos años a los jefes negros y mulatos.
El escenario de las desigualdades colombianas, si bien presenta unas leves diferencias, sigue patrones similares a los que caracterizan la realidad socioeconómica brasileña. Los indicadores de condiciones de vida como el hacinamiento promedio de los hogares, el clima educativo y el ingreso evidencian, también para Colombia una relación entre las características raciales y los niveles de bienestar de los hogares.
Las condiciones de hacinamiento, como se muestra en Barbary y Urrea (2004) aunque no difieren mucho de las del promedio nacional, sí alcanzan niveles extremos cuando se analizan por quintil de ingreso. Las condiciones de hacinamiento de los hogares afrocolombianos ubicados en el quintil de ingresos más bajo, alcanzan las 2.5 personas por cuarto en la ciudad de Cali y 2.8 personas en Urabá, por encima del promedio nacional urbano-rural. En cuanto al clima educativo y la inasistencia escolar, los patrones son similares a los de hacinamiento: peores condiciones en las tres regiones colombianas con importante población negra y mulata. Las líneas de indigencia y pobreza muestran, que las regiones con alto peso de población afrodescendiente, tiene proporciones de hogares pobres mayores que el promedio nacional. No obstante como aclaran Barbary y Urrea (2004), los procesos de discriminación de Colombia no tienen por sujeto exclusivo a los grupos de población negra de las clases más bajas, sino que son también sujeto de esta discriminación los grupos negros pertenecientes a clases medias.
Otros países con población afrodescendiente, son también testigos del componente racial de los fenómenos de pobreza y desigualdad. En Ecuador por ejemplo, Sánchez y Franklin (1996) obtienen para regiones eminentemente pobladas por familias negras tasas de fecundidad de hasta 12 miembros (Esmeraldas) mientras el promedio nacional es de 4.6. También en Esmeraldas los investigadores obtuvieron tasas de mortalidad infantil que oscilan entre 40 y 90 por mil nacidos vivos, mientras en Chimborazo la región más deprimida hay tasa de mortalidad infantil de 26 por mil. Igualmente las regiones peruanas, con más alta concentración de afrodescendientes, tienen tasa de mortalidad que duplican aquellas de regiones no negras.
La situación de los pueblos indígenas, aunque con problemáticas específicas, también es testigo de la relación entre etnia y desigualdad. En Guatemala por ejemplo, la población indígena según cifras oficiales alcanza el 41% de la población total. También en este caso, existe una definida relación entre la condición étnica de los individuos y los procesos de desigualdad y pobreza. Sacalxot (2005), señala que por lo general, en Guatemala ser indígena equivale a estar situado en las capas más bajas de la sociedad y en zonas con mayor incidencia de pobreza y extrema pobreza. Además, el 87% de los indígenas se halla bajo línea de pobreza y las personas indígenas reciben aproximadamente la mitad del ingreso mensual de las personas no indígenas.
Se puede observar también que el porcentaje de analfabetos indígenas en Guatemala (24,1%), es casi seis veces superior al de los no indígenas. Por el contrario, el de las personas con algún grado de educación superior es casi siete veces inferior entre indígenas (2,4%) que entre no indígenas (16,2%) (Pérez-Sáinz, 1994). La escolaridad promedio de los ladinos guatemaltecos, es para los jóvenes de entre 18 y 24 años de 7 años, mientras los jóvenes indígenas en promedio tienen 4.7 años de escolaridad y las mujeres indígenas alcanzan 3.5. En Colombia las cifras son similares; los indígenas según el Censo de 1993, tienen en promedio la mitad de la escolaridad del promedio nacional. Análogamente, el analfabetismo de la población indígena (24,7%) es el doble del promedio nacional (12,7%).
México, el país de América latina con mayor cantidad de población indígena, es por antonomasia, el ejemplo representativo de la cuestión indígena. Con una población indígena estimada en el año 1995, de alrededor de 8 millones de personas (Embriz y Ruíz, 2003), México no es ajeno a las problemáticas que mantienen a las etnias en condiciones de vida desfavorables si se comparan con la población no étnica. Según Embriz y Ruiz (op. cit), de los 6.222.813 de analfabetos que había en 1995, 1.585.282 eran indígenas, es decir una cuarta parte. Además, el 17 % de la población indígena es monolingüista, es decir que sólo habla una lengua indígena, siendo capaces solamente de comunicarse con personas que hablan su misma lengua. Otros indicadores que afectan las condiciones de vida de los pueblos indígenas, como el acceso a servicios públicos, no alcanzan siquiera niveles precarios. Según Embriz y Ruíz (op. cit), el 37,8% de los hogares indígenas no cuenta con agua potable, carencia que es conocida por su alta incidencia en las enfermedades relacionadas con la pobreza. Además, el 66,3% de las viviendas indígenas no cuenta con servicio de excusado y de manera más general sólo un tercio de las viviendas indígenas cuenta, simultáneamente, con los tres servicios básicos: agua entubada, drenaje y electricidad.
En Venezuela, país con 2,2% de población indígena, se han observado reducciones sustanciales en la pobreza extrema de los municipios indígenas, como lo expresa Renault (2005), no obstante la proporción de hogares indígenas en estado de pobreza (28,3%) es mayor que la de hogares no étnicos. En cuanto a pobreza extrema, el porcentaje de hogares indígenas, en éste estado es 5% mayor al de los hogares promedio.
Elementos para un debate conceptual y metodológico
Lo anterior conlleva a recolocar la dimensión étnico-racial en conjunción con las de clase y género en los estudios sobre las poblaciones negras e indígenas, tomando en cuenta la heterogeneidad socioeconómica de estas poblaciones, siempre en términos comparativos con el resto de las demás poblaciones nacionales, para comprender mejor las lógicas sociales de la producción de la pobreza y desigualdad.
Ante la existencia de una relación entre las cualidades fenotípicas de las personas o las diferencias socioculturales y su inserción en la sociedad, las ciencias sociales enfrentan una disyuntiva metodológica. Por un lado el término clase, como explica Guimarães (2002:47), “no está concebido para referirse a una cierta identidad social”. En segundo lugar, el concepto de raza ha sido descalificado, no siendo posible su uso para analizar las normas que definen la acción social, aunque de hecho sean orientadas por creencias raciales. ¿Cómo deben las ciencias sociales lidiar con esto? ¿Cómo tratar, analíticamente, la desigualdad ligada al factor racial cuando de hecho no existen las razas, pero ellas sí operan como producción ideológica que jerarquiza a los individuos en sus interacciones sociales? ¿Cuál es la relación entre clase y grupos étnico-raciales en las sociedades latinoamericanas? ¿Cómo esta relación presenta continuidades e importantes variaciones respecto a las sociedades anglosajonas?
Esto significa como perspectiva analítica, introducir en los estudios de pobreza y distribución del ingreso la variable étnico-racial, de modo que, ya sea como minorías o mayorías en términos demográficos, se puedan conocer mejor las lógicas de la pobreza en sus múltiples expresiones de carencias de bienes y servicios o ausencia de bienestar y las de la exclusión social, en cuanto mecanismos “objetivos” y “subjetivos” que producen poblaciones con mayores obstáculos que otras para acceder a ciertos niveles de bienestar y ciudadanía plena.
Se trata entonces de la interacción entre equidad social e igualdad étnico-racial y lo opuesto, cómo los mecanismos ideológicos del racismo alrededor de grupos étnicos o fenotipos determinados generan prácticas discriminatorias que se convierten en dispositivos colectivos de producción de pobreza y mayor desigualdad social. Este componente también conlleva aspectos metodológicos sobre la producción de estadísticas étnico-raciales y la medición de las variables que permiten un estudio de la pobreza y exclusión social. Finalmente sería enriquecedor poder confrontar los casos de los países latinoamericanos con otras sociedades, por ejemplo, la europea y la estadounidense.
A partir de las consideraciones anteriores, las preguntas que orientan la discusión del seminario son las siguientes:
- ¿Cuál es el rol de la(s) dimensión(es) étnico-racial con respecto a la formación de las estructuras sociales que condicionan la producción/reproducción de la pobreza?
- ¿Cuáles son los desafíos metodológicos en la producción e interpretación de los datos estadísticos étnicos-raciales relevantes para las investigaciones sobre pobreza?
- ¿Cómo se integraría la dimensión étnico-racial con la noción de clase social y género en la explicación y/o interpretación de la pobreza en diferentes estudios de casos y en estudios comparativos?
- ¿Cuál es el valor de las variables étnico-raciales utilizadas para explicar y/o interpretar la desigualdad social en diferentes contextos sociales? ¿Cuáles son las lecciones del estado del arte en este tema?
- ¿Cuáles son las políticas que podrían implementarse para enfrentar los efectos de la pobreza y la desigualdad debido a la discriminación étnico-racial? ¿Cómo se pueden aplicar y cuáles son las condiciones de su viabilidad en el contexto latinoamericano y caribeño?
- ¿Cuáles son los mecanismos ideológicos de racismo que generan discriminación y cómo se relacionan con la producción de pobreza y desigualdad?
Estas preguntas deben responderse a partir de los estudios empíricos ya realizados o en proceso en los diferentes países de la región por parte de los investigadores interesados en participar durante el seminario.
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Última modificación 2005-08-10 05:54 PM


